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Veintiséis de enero de dos mil dieciocho. Hora de llegada al aparcamiento del Golden Apple. Diecinueve treinta, equipo revisado y listo para la vigilancia de esta noche. Todo está preparado, todo excepto el tardón de Ethan, parece que se dejó en Londres la famosa puntualidad británica de la que hacen alarde todos sus compatriotas -le digo a la grabadora intentando ocultarme en el interior de mi coche-.

Siento llegar tarde, el tráfico estaba imposible –dice éste sentándose a mi lado-.

 

¡Cierra la puerta de una vez! ¿Quieres que los porteros se den cuenta de lo que nos proponemos y nos echen de aquí? –exclamó algo alterada-.

 

Precisamente de eso quería hablar contigo. Alguien de la redacción vendrá más tarde con una furgo camuflada. Son tres las noches seguidas que venimos en tu coche y los directivos no quieren levantar sospechas –dice Ethan colocando un mechón de cabello tras mi oído-.

 

Llámales y diles que aparquen aquí, nosotros les esperaremos una manzana más adelante –ordenó montando el objetivo de la cámara de fotos-.

 

¡No sabes cómo me pones cuando eres tan autoritaria! -exclama acercándose peligrosamente a mí-.

 

Te recuerdo que soy una mujer casada. ¿Aún no te ha quedado claro? Llevo tres años repitiéndotelo sin cesar –pregunto sonriéndole-.

 

¡Ah, ni lo menciones, estoy colado por ti desde el día que te conocí y ese estúpido y pijo marido tuyo siempre interponiéndose en lo que podría ser la mejor historia de amor de todos los tiempos! –exclama nuevamente llevando el teléfono a su oído-.

 

Déjate de bromas y dime que te dice el equipo de apoyo –le digo volviendo a sonreír-.

 

Que dejemos el aparcamiento libre, están llegando y ocuparán nuestro lugar. Fran aparcará y saldrá del vehículo para no levantar sospechas –dice colgando el teléfono-.

 

¡Será mejor que nos pongamos en marcha! –exclamo disponiéndome a largarnos de ahí antes de que los armarios de tres puertas de la entrada se percaten de nuestra presencia-.

 

¡Espera un momento! –exclama una vez más Ethan abalanzándose sobre mí para besarme por sorpresa-.

 

¿Qué diablos haces? –pregunto desconcertada intentando recuperar el aliento-.

 

Evitar que el pijo te viera –dice señalando con la barbilla a mi espalda-. Este hubiera sido un buen momento para que la tierra se abriera bajo mis pies y me hiciera desaparecer.

 

¡No me lo puedo creer! ¡Así que Papá le había pedido que atendiera a unos clientes muy importantes del bufete!  -exclamo apretando fuertemente los dientes-.

 

Marta el fuego ha llegado a esta calle, tenemos que irnos –dice Ethan devolviéndome a la realidad-. Arranco y abandonamos el lugar con toda normalidad, una manzana más adelante aparco y salgo disparada del coche.

 

¡La madre que lo parió! El muy desgraciado va acompañado de otra mujer. ¿Pero cómo me puede estar haciendo esto a mí? -pregunto pasando las manos exasperadas por mi pelo-.

 

Marta mírame, eres una mujer guapísima, inteligente y ese pijo no te merece –dice Ethan abrazándome fuertemente-.

 

Tienes razón, mi maridito no tiene ni idea de lo que se le viene encima, vamos –le ordeno nuevamente a mi compañero-.

 

No pienso soltarte hasta que me prometas que estás bien y que no vas a hacer ninguna tontería –dice él sosteniéndome muy fuerte entre sus brazos-.

 

Llevo tiempo sospechando que mi marido me engaña. Ahora solamente he confirmado mis sospechas. No te voy a negar que me ha dolido verle llegar al club con otra mujer, pero te aseguro que me encuentro perfectamente. ¿Recuerdas que queríamos saber cómo funcionaban ese tipo de clubes desde el interior? –pregunto sorprendiéndole-.

 

Sí, por supuesto, te he rogado y suplicado entrar en uno de ellos desde que comenzamos la investigación y seguro que quieres hacerlo esta noche –dice expectante-.

 

¿Tienes el equipo preparado? –pregunto nuevamente-.

 

¡Por supuesto! –exclama sonriendo-.

 

Date la vuelta, voy a cambiarme de ropa en el maletero. Llevo algo mucho más apropiado –le digo dirigiéndome al coche-.

Entramos en el club haciéndonos pasar por una pareja y nos acomodamos en la barra pidiendo una copa. Me he situado justo en la espalda de mi marido. Quiero cerciorarme de que me vea. Uno de los hombres que hay frente a nosotros se aproxima a mi compañero. Este niega con la cabeza y le dice algo al oído. El juego acaba de empezar.

Ese tipo acaba de pedirme hacer un trío. Se le veía ansioso por arrancarte esa minúscula falda que te has puesto y la verdad es que no le culpo yo quiero hacer exactamente lo mismo -dice sonriéndome perversamente-.

 

Espero que lo hayas gravado todo -le digo devolviéndole la sonrisa-.

Este asiente y acercando su boca lentamente a la mía deposita un suave beso en mis labios. No voy a negárselo esta noche necesito sentirme querida. Susurro a su oído que voy al baño, este asiente y se apoya en la barra para dar un trago a su bebida. Al girarme tropiezo intencionadamente con mi marido, pido disculpas sin ni siquiera mirarle y continúo mi camino.

¿Qué coño haces tú aquí? Será mejor que tu respuesta sea trabajando o de lo contrario tendrás serios problemas -pregunta mi marido sujetándome fuertemente por el brazo-.

 

Te equivocas como siempre. Tú sí que tendrás serios problemas a la hora de disolver nuestro matrimonio. Tengo pruebas más que suficientes de tu infidelidad -le digo señalando a mi compañero Ethan que saluda sonriente-.

 

No estés tan segura de ello. Estás en un club de intercambio de parejas, vestida como una furcia en compañía de otro hombre que no es tu marido, soy abogado ¿Recuerdas? –pregunta zarandeándome-. Rápidamente me zafo de sus garras.

 

¡Pues eres un pésimo abogado! ¿Quién crees que está siendo gravado frente a mí en este instante? Intento de agresión, obligada a realizar intercambio de parejas por mi marido…Umm, esto puede resultarle muy interesante al juez. Ahora puedes irte y dejarme trabajar o quedarte y hacer lo que sea que hayas venido a hacer aquí con ese zorrón pelirrojo. Pero… piensa bien lo que vas a hacer querido. De ti depende que tu cara la vean miles de espectadores cuando emitamos el reportaje. Tú decides “cariño”.

Mi marido abandona el local a toda velocidad arrastrando furioso a la pelirroja.

¿Todo bien? -pregunta Ethan abrazándome nuevamente-.

 

Más que bien -le digo besándole como el hizo conmigo en el coche-.

 

¿Estás segura de lo que haces? Si sigues no podré parar. Llevo demasiado tiempo soñando con que esto ocurra. Tú me gustas de verdad, aunque siempre te lo tomas a broma -dice este depositando un suave reguero de besos desde mi oído hasta mi garganta-.

 

Completamente segura. Me gustas mucho Ethan Brown.

 

Sígueme -ordena éste sujetando mi mano-.

Entramos en una pequeña habitación que solo está amueblada con un pequeño aparador. Contiene un pequeño cesto de geles lubricantes y preservativos. En el centro de la habitación, suspendido del techo, uno de esos columpios eróticos que me recuerda muchísimo a un aparato de gimnasia.

Nos despojamos de la ropa entre apresuradas caricias. Ethan se coloca en el columpio y me sienta a horcajadas sobre él introduciéndome su caliente y palpitante miembro. Nunca imaginé que este extraño artilugio pudiera proporcionar tanto placer. Estar suspendida en el aire hace que me sienta llena completamente. Las fuertes manos de Ethan prenden firmemente mis caderas levantándome y dejándome caer una y otra vez sobre su pene. Los embistes son rápidos y profundos. Su cuerpo se tensa, el mío también, intento contenerme, pero subo y bajo cada vez más de prisa hasta que ya no puedo soportarlo más y me dejo llevar por mis más primitivos instintos abrazada fuertemente al cuello de mi amante.

No pienso dejarte salir de aquí en toda la noche. Este columpio ofrece muchas posibilidades -dice éste sujetando mi rostro con ambas manos para besarme-.

 

¿Y qué tal si jugamos un poco más y después nos vamos a tu apartamento? -pregunto agitando mi cuerpo sobre el suyo-.

 

Una idea estupenda –contesta sonriendo-.

Reme.

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